UN GRAN JEFE


Descubrir como marchaba todo en su tribu y en las tribus cercanas, lo comenzó a consumir, tanto física como psíquicamente, tantos bosques arrasados, animales extinguidos, guerras sin sentido… hacían que envejeciera a una rapidez inaudita, los siglos pasaron en segundos por su vida.


Nadie se percató de la rapidez de aquel proceso, hasta que un día alguien entró en su tipi y encontró su amuleto enredado entre un montón de paja.


El hechicero comprendió el hecho y ordenó que los restos del jefe no serían quemados,  como era la costumbre, sino que lo aventarían para que su alma volara por el cielo.


Y así lo hicieron y cada brizna se esparció por el aire, volaron sobre su tribu y por las tribus cercanas, y a todos los que les cayó una de aquellas hebras les cambio la vida.


Y aún siguen volando, pero no todas caen donde tendrían que caer.

HAY UN MAR

Hay un mar donde no existe el horizonte, solamente existe el mar. La mar. Más allá de esa mar no encuentra el marinero sino más mar. Navega en la cresta de sus olas. Y descansa en su calma. El oleaje marino es el pensamiento enmarañado de una mujer que descansa tras el temporal. y hay otra mujer que mira. Busca un horizonte inexistente. Y siente. No se encuentra en ese infinito donde pierde su mirada, el País de los Deseos. Casi imperceptible, distingue un punto verde a la deriva. Quizás traslade en su interior un mensaje. Del País de los Encuentros.

CON OTROS OJOS


Cuando aquella tarde, sentada ante aquel ondulante torrente  de hierba, la potente Dimetil-5-metoxitriptamina hizo su efecto Silvia se sintió arrebatada por una terrible fuerza succionadora. Justo en aquel momento era picada por un mosquito tigre que, viajando en el viento del delta, había venido a posarse justo en el centro su frente con depredadoras intenciones. De repente su consciencia ordinaria se precipitó en un huracán de indescriptibles sensaciones encontradas. El desmembramiento fue total. Luego vino el vacío. Más tarde aquel latir bombeante, ríos de agua y sangre fluyendo al compás de un gran corazón. Por un eterno instante, unidos por aquella sangre, cazador y presa eran una misma cosa. Después el pequeño vampiro levantó el vuelo colmado de aquel néctar. Y por un instante Silvia sintió que su alma se separaba de su cuerpo y entraba en el del insecto y, viéndose a través los ojos de aquel mosquito tigre, se supo bosque, pradera y mundo. El mosquito, aturdido tras el flash de la picada, reposaba ahora unos centímetros más arriba de aquella frente en un mar de cabellos color castaño claro.

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AQUEL LIBRO ERA TAN LÚBRICO

Aquel libro era tan lúbrico, tan carnoso página tras página, rico en matices pero rayano en lo soez en la frase apropiada, que, acalorada, me fui quitando prendas, apoyando el volumen sobre mi vientre ahora desnudo, acunándolo entre mis piernas con mi respiración agitada. Jubilados y ocasionales bañistas que compartían a mi lado aquella playa de octubre me han ido dejando sola, azorados por mis suspiros (que yo creía discretos). Ya va absorbiendo el libro mi humedad, con tanta avidez como yo absorbo sus afiladas palabras. Espero que la marea suba pronto y sofoque este calor.

juan alfonso légolas

DESPEDIDA

Todo el verano aquí juntos en la playa; hemos compartido olas de mar y olas de calor. Chubascos y aglomeraciones, gritos, susurros, bocinas y el arrullo de las mareas. Tú me diste la vida y no puedo más que estarte agradecido. Infinitamente agradecido.

Pero ahora, cuando soy más consciente, más feliz, el verano se acaba. Llegas a las últimas páginas del libro donde vivo cuando no vivo y no se me ocurre cómo podemos separarnos, ni cómo decirte adiós. Quisiera pensar que será un hasta pronto, que tal vez otro día retomarás la lectura y volveremos a estar juntos. Pero quiero que sepas que aunque lo que ahora terminas de leer acabe en una papelera, nada podrá arrebatarme estos recuerdos, estos días de luz y calor que se apagan ahora, cuando cierras la novela y levantas la vista. Paseas tus ojos por el horizonte, me dedicas tu último pensamiento y empiezas a recoger. La brisa me arrastra y ya no podré darte ese beso que merezco, que merecemos, como premio por nuestro amor imposible.

Manolo Shamán

CUENTO DE LIBRO, CON TRES FINALES TRISTES

Se suspendió la reunión.

A primera hora se encontró, de repente, con media mañana libre. Así que sin pensarlo se acercó a la playa, se sentó en la orilla en una silla olvidada; nerviosa, sacó un libro del bolso. Un libro que empezó a leer la noche anterior y ya en sus primeras páginas quedó prendada del protagonista, por su sutileza aplicada a todos los ámbitos de la vida, por su seguridad, su sarcasmo continuo, y ya puestas, por su barba de tres días.

Al minuto con los pies desnudos en el agua vayviniente de la mar, estaba inmersa en la novela. Se olvidó por completo del paso de la media mañana y del medio día y de casi la tarde entera, hasta llegar al final, a la última palabra de la última de sus páginas.

Apenas bebió agua durante la lectura. Había estado sumergida a pleno pulmón abandonándose a la seducción del romántico protagonista.

Tan frenética fue la lectura que a ella le iba sobrando la ropa conforme pasaban las páginas y las horas.

Tan intensos fueron el deseo y la imaginación que Edgard, se materializó por primera vez en la historia de la literatura y, prendido de amor hacia su lectora, como la bella durmiente a su príncipe, anduvo merodeándola para captar su mirada.

Horas. Todo el medio día y la tarde, hasta que el sol se puso, el desdoblado protagonista caminó sin rumbo alrededor de aquella silla.

Absorta, emocionada y entregada a la historia, era incapaz de levantar la mirada siquiera cuando pasaba página.
Rendido, descorazonado y romántico decidió caminar mar adentro a pesar de desconocer cómo mantenerse a flote.

Ella, también lloró al conocer el desenlace escrito en el libro.

Sola, se vistió y marchó a casa.
Solo, el cuerpo del imaginario romántico materializado, flotaba sin vida ni tinta en el vaivén azul.

El libro al fin, fatigado por tanta intensidad, se sabía también muerto, por lo menos hasta que esos u otros ojos lo leyeran de nuevo.

LA LIBROS

La Libros, así la llamaban el resto de compañeras del Cabañal, el barrio más popular junto a la playa. Aunque los clientes habituales la conocían por Puri, sesenta euros el completo.

Puri, mataba las noches con algún relato corto de poca enjundia de pie bajo la luz de su farola. Así la espera se le hacía más corta, así su cuerpo casi desnudo que vendía en la calle encontraba el calor de las palabras y así, cada vez que miraba el techo de la pensión con un hombre sobre ella, imaginaba las páginas que le quedaban por leer, los personajes, y soñaba el desenlace final. Luego se lavaba y volvía a su lectura.

La Libros, vivía las tardes con novelas y relatos, guías de viajes, ensayos y biografías. Leía bajo la luz del sol que calentaba su cuerpo, vestida de sal y arena, sentada en una silla de playa, sin apartar la vista de las palabras que la hacían soñar y olvidar el techo de la pensión.

VER AMANECER AL MENOS UNA VEZ AL AÑO


Todo el verano aquí juntos en la playa; hemos compartido olas de mar y olas de calor. Chubascos y aglomeraciones, gritos, susurros, bocinas y el arrullo de las mareas. Tú me diste la vida y no puedo más que estarte agradecido. Infinitamente agradecido.


Pero ahora, cuando soy más consciente, más feliz, el verano se acaba. Llegas a las últimas páginas del libro donde vivo cuando no vivo y no se me ocurre cómo podemos separarnos, ni cómo decirte adiós. Quisiera pensar que será un hasta pronto, que tal vez otro día retomarás la lectura y volveremos a estar juntos. Pero quiero que sepas que aunque lo que ahora terminas de leer acabe en una papelera, nada podrá arrebatarme estos recuerdos, estos días de luz y calor que se apagan ahora, cuando cierras la novela y levantas la vista. Paseas tus ojos por el horizonte, me dedicas tu último pensamiento y empiezas a recoger. La brisa me arrastra y ya no podré darte ese beso que merezco, que merecemos, como premio por nuestro amor imposible.

LA OFRENDA

Abrió los ojos de nuevo deseando que todo fuese un espejismo. Que su imaginación le hubiese jugado una mala pasada. Llevaba horas sentada en la hamaca, respirando el aire salobre que traía consigo la humedad y el característico olor del mar.

A pesar del  frío, había decidido pasar un día en la playa. Maldita la hora. ¿Quién fue tan iluso para pensar que en otoño todo sería diferente a la época estival, en la que la arena apenas se veía entre las toallas, bolsos y cuerpos embadurnados de aceites y cremas solares?

Cierto que ahora no había nada de esto, pero la huella de su paso permanecía por todas partes.
Basura.

El ser humano seguía haciendo su particular ofrenda de mierda a la madre naturaleza. Y nadie, movía un dedo para impedirlo.