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Diana


Lo conoció un lunes, a primeros de año. Llegó con esos nervios y esa timidez típica de la primera vez. Era un chaval joven, de unos 28 o 32 años. Su pregunta fue sobre el amor. Había conocido a una chica de la que se había quedado prendado.

No tardó más de dos semanas en volver. Tenía una cita con aquella muchcha. Quería saber qué tal le iba a ir. Le iba a ir bien, dijeron las cartas.

En cuestión de dos meses, conforme comenzaron a frecuentarse sus encuentros con Diana, que así se llamaba aquella preciosa muchacha de melena suelta y piel sedosa, sus visitas iban repitiéndose semanalmente. Tras el primer beso, dulce madroño, venía los lunes y los miércoles. Visitas largas, que se pasaban entre lo que él contaba y lo que las cartas argumentaban. La primera vez que hicieron el amor, en el jacuzzi de aquella casa rural inmersa en un campo inmenso de almendros en flor, al borde de un balcón desde el que se veía el Mediterráneo a lo no muy lejos, provocó que tres días a la semana de visita fueran pocos para que las cartas hablaran. Pero con tanta periodicidad, las cartas tenían poco que decir. Él era el que hablaba. Pero con tanta periodicidad, entre las visitas a las cartas y su trabajo, poco era el tiempo que le quedaba para compartir con aquella, resplandeciente como el sol. Con tanta periodicidad, él tenía también poco que contar.

Una tarde, se hizo el silencio. La sala, más fría de lo habitual, tomó un aspecto sepia, sienna. Él no tenía pregunta alguna. Las cartas no tenían respuesta y cayeron boca abajo. La echadora le miró fijamente. Habló entonces desde ella, con sus propias palabras, con la voz más temblorosa que las manos: Las cartas dicen que lo mejor para tu historia de amor es que la disfrutes, día a día. Dicen que exprimas al tiempo la vida, el sabor que lleva dentro. Las cartas dicen que te dejes sorprender por el azar, por ella, tu Diana y por la vida misma.


Nunca más volvió.

La echadora de cartas se encontró con él pasados un par de años. Iba cogido del brazo de aquella muchacha de labios rojo cereza, melena maraña y sonrisa que le brotaba desde dentro. Era más guapa de lo que parecía en las fotos que él llevaba lleno de preguntas. Los vio felices y tras la sonrisa que él le esbozó, se supo enamorada de aquella historia de amor. Enamorada y feliz.

LA TOTI

La Toti no tenía muchas luces. Había nacido con un pequeño retraso que la hacía diferente a los demás. Sin dejar de ser inteligente a su modo, era mas ingenua de lo normal y solía quedarse en la inopia a menudo, antes de que le dieran esos ataques de rabia durante los que era capaz de romper todo lo que había a mano, mientras escupia espuma y ponía los ojos en blanco. No quisieron encerrarla porque no era peligrosa, sólo tonta, como decia su madre a quien quisiera oirla. De todas formas a la familia le venía muy bien tener a alguien que trabajaba en la vaquería de sol a sol, sin quejarse, sin cobrar y haciendo las tareas mas sucias y pesadas. Así pasó la infancia y la adolescencia. Siempre iba mal vestida, sin lavar, a veces descalza y despeinada. Conocía a todo el pueblo y saludaba entusiasmada a los que se cruzaban con ella por la calle. Desde que se hizo mujer, ese entusiasmo era mayor con los mozos, a los que abrazaba y trataba de besuquear mientras metia las manos donde podía . Dicen que en esos años de ardores, mas de un inescrupuloso se la benefició en la huerta que rodeaba la vaquería. Ahora la Toti ya es vieja y ha engordado. Anda por las calles mal vestida, sucia y despeinada como siempre.Desde hace tiempo lleva consigo una baraja de tarot. Sentada en las escaleras de la plaza de la iglesia, pasa las cartas una a una mirandolas con atención. Le parecen estampas muy bonitas, pero no consigue averiguar a que santos representan. 

EL ERMITAÑO

Sentada en la mesa camilla, acalorada por el brasero de cisco, con la mirada fija en los rayos de sol del tapete y la mente volando a momentos pasados que le iban recordando las cartas del tarot que seleccionaba sobre el cristal caliente, en esto que le salió El Ermitaño y se quedó paralizada, sin saber si soltar otra carta y seguir con sus pensamientos o hacerle caso al Tarot y no pedirle más. Porque si sobre La Emperatriz guapa e inteligente le había caído un Ermitaño cargado de razón y conocimiento para qué iba a seguir tentando a la suerte. Estaba en esa diatriba cuando de pronto se abrió de golpe la ventana y a la chica le dio un AIRE y se quedó tal como estaba, con la boca ladeada, el labio mordido, los ojos saltones y perdidos en el espacio, la nariz encogida, los brazos paralizados y las piernas flojas. Y es que aquel Ermitaño era un censurador resentido.

Madame Leonie



Nunca te llevé a que madame Leonie te mirara la palma de la mano, a lo mejor tuve miedo de que leyera en tu mano alguna verdad sobre mí, porque fuiste siempre un espejo terrible, una espantosa máquina de repeticiones... J.CORTAZAR


Hoy fui a ver a madame Leonie y llevé en el bolsillo a Déjà vu la muñeca de madera que me regalaste. No he podido evitarlo y la he pellizcado más que nunca. Tuve miedo, después de subir los dos primeros pisos quise regresar corriendo a casa y esconderme dentro de algún baúl, no sé por qué, pero tuve la sensación de que no los volvería a bajar nunca más.

Madame Leonie se ha mudado al edificio de enfrente. Aquel edificio es muy frío, la puerta de entrada está rota y llena de astillas. Al subir me crucé con una mujer que tenía el rostro cubierto con un pañuelo, se detuvo y me miró fijamente, yo no pude reaccionar, entonces comencé a pellizcar frenéticamente a la muñeca.

Cuando llegué a su puerta me limpié las palmas de las manos con saliva, y es que llevo la cuenta de los días de tu ausencia marcados en palitos con tinta roja. Mejor con las palmas limpias, mejor...

Tantas veces me habías hablado de ella. Yo esperaba ansiosa que bajaras del edificio para contarme lo que te había dicho aquel día. Sé que no debí haber ido antes de tu regreso, pero no pude más; el sueño de su mirada y sus manos sobre mis ojos se hizo infinitamente repetible desde la noche en que partiste.

Me senté y esperé mi turno, mientras tanto escuché historias inverosímiles de viajeros, de fortunas, de amantes; tan inverosímiles como mis sueños. La gente me miraba como si reconociera algo en mí.

Después de media hora ya estoy frente a ella. Me toma la mano. No me ve, pero lo sabe todo. Sabe que vine porque tú no estás, de otra manera no hubiera llegado aquí. Me reflejo en sus ojos dormidos, la muñeca en mi bolsillo se inquieta más que yo.

Madame Leonie se levanta y a tientas se limpia la legaña con un pañuelo viejo, espero. Las paredes y la mesa, el suelo y los demás muebles están marcados con palitos en tinta roja y en medio de sumas y sumas está el retrato de un hombre sin rostro que se me hace familiar.

Ella regresa y me pregunta: ¿Has probado con la luz de la vela antes de venir aquí? Asiento con la cabeza, aun sin entender porque adelanta su pregunta a la mía, soy yo la de la visita. Soy yo la quiere saber porqué aquellos sueños impertinentes, porqué sus ojos ciegos me miran cuando estoy dormida, soy yo la que quiere respuestas.

Ella lo sabe, sabe que yo también hago premoniciones. Me pregunta de las flores, del mar, de mi sueño, de la noche en que partiste, del último abrazo y no puedo quedarme en silencio y le digo lo que veo, le digo lo que no hay, le digo lo que vendrá, le digo de mi, de ti, de ella. Entonces en medio de aquella vorágine me veo en aquel edificio viejo, ciega y con los cabellos blanquecinos. Me aprieta las manos y no puedo liberarme.

Tú lo sabías, por eso nunca quisiste que fuera donde ella, sabías lo que escondía. Ahora sé que no volverás de aquel viaje y que yo me quedaré para siempre en este edificio viejo y de puertas astilladas, mirándole las palmas de las manos a la gente, volteando los naipes y contándole sus propios sueños, mirándolos con mis ojos dormidos…

FUTURO INCIERTO

La vidente del entresuelo del nº 3 del passage des Abbesses, en Montmatre interpretaba los naipes de forma torpe y sin mediar percepciones sobrenaturales, pero la idea de fallar a sus clientes la llenaba de angustia. Por la noche se le llenaba la boca prediciendo amores, fortuna, trabajos mejores o desgracias para los enemigos. Por el día, agobiada por la culpa, se afanaba en las calles, mercados, talleres y tabernas para que sus predicciones se cumplieran. Provocaba encuentros fortuitos, hacía llegar notas de amor ficticias, desplegaba rumores maledicentes, dejaba oportunos regalos. En suma, intrigando y desbaratando intrigas. Siempre en secreto, moviéndose como una anguila, atando cabos sueltos, construyendo vidas.
Prudentemente, había eliminado de su tarot la carta de La Muerte.

INSTRUCCIONES DE USO

Recuerde, y esto es de suma importancia, que estos naipes sólo pueden ser usados para escudriñar la fortuna
–buena o mala-
y que por lo tanto no deben utilizarse para juegos de azar sustituyendo a las cartas normales de la baraja española, napolitana o de póquer.

No es necesario decir lo imprevisible para el destino
-propio y ajeno-
que supondría el hecho de apostar teniendo escalera que acabe en La Muerte o cantar las cuarenta con El Diablo en las manos.

Cuento Breve

Tírame las cartas!- exigió mientras se sentaba en el sillon frente a ella. 



La tarotista, prefería llamarse clarividente, cogió el mazo con cuidado, lo miró un momento, y se lo lanzó a la cara.


Mientras la clienta se marchaba insultandola por su grosería, ella se encendió un cigarro y sonrió mientras fumaba pensando en lo bien que se siente uno al quitarse de encima a un cliente insoportable. 

El destino está a la vista


Después de pasar años buscando su destino decidió ir a una vidente. 

Al recibirlo la vidente le dijo: su suerte está en la baraja, corte con la mano izquierda y haga una pregunta.

Él cortó con la mano izquierda pero no hizo ninguna pregunta, ya tenía la respuesta.

Desde aquel día el hombre se gana la vida yendo de bar en bar, con una baraja en el bolsillo, apostando con uno y con otro.

La vidente tenía razón la suerte estaba en la baraja, casi nunca pierde una apuesta.

EL DESTINO

Durante años, muchos, se había dedicado a una profesión apasionante. Recorría los pueblos narrando historias. Las garras de la crisis se cebaron en ella, como en tantos otros y, poco a poco, tuvo que ir dejando atrás altas en seguridad social, ivas, asesores, viajes, web, y todo el mundo que había creado en torno a su oficio. Con miles de euros en el aire que los organismos oficiales no soltaban, a pesar de sus denuncias y reclamos, un día decidió romper con todo. Dejó su maleta en un rincón y los cuentos en la estanteria y se compró una baraja de tarot. Hizo octavillas que repartió por la ciudad, y en un cuartito que decoró con velas, telas de colores, una bola de cristal y poco más, empezó a echar las cartas. Sin pagar impuestos, sin declarar nada. 

Hoy, tiene un programa en televisión, en una de las cadenas más importantes, Varias lineas de telefono con "videntes" que en su nombre leen el tarot y sacan los cuartos a los incautos que se atreven a llamar y una preciosa casa en un país caribeño donde se va a retirar en breve, para disfrutar de su enorme fortuna el resto de sus días. 

CUENTO NAVIDEÑO

La vidente, como siempre en Navidad, había dispuesto una copita de anís y unos dulces. Él, como de costumbre, había ido a ver que le depararía el destino. Había estado jugando toda la vida a la ruleta rusa con las cartas y, hasta ahora había logrado esquivarla. Las cartas le habían pronosticado poder, amores, vuelcos en su trabajo, traiciones, viajes…, que o bien la suerte, o bien él mismo condicionado por los naipes, se había encargado de cumplir. Aunque sabía que algún día sus caminos se encontrarían, inexorablemente. Había llegado ese momento, nada más vio aparecer la punta de la guadaña, se le atragantó el polvorón y cayó fulminado.

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VELLO PLANETARIO

Desde que resido en este nuevo emplazamiento me fijo mucho más en las cosas, es como si el tiempo pasase más despacio. Puede resultar ciertamente aburrido pero parece ser que me espera una larga estancia por aquí. Este hecho, sin duda, me relaja y me siembra la pereza en el ánimo. Los compañeros de viaje, oriundos del lugar, son primarios, de poca conversación, más preocupados de comer y copular que de otros entretenimientos más filosóficos o espirituales. Me amoldo a ellos, intento descubrir la bondad de estos vecinos tan diferentes a lo que estoy acostumbrado. Es cierto que temo relajarme en mis costumbres e iniciar una vida disoluta, pero ya dicen: “allí donde fueres, haz lo que vieres”. Descubro con placer lo bien que me estoy integrando aquí. Al atardecer, admiro los reflejos dorados en la hierba que crece sobre mí. Desde luego contribuir a este belleza tan sencilla y cotidiana me hace sentir parte de un todo, como mínimo (no se rían) parte del vello planetario. Sin duda, un camposanto frugal pero encantador.

UN GRAN JEFE


Descubrir como marchaba todo en su tribu y en las tribus cercanas, lo comenzó a consumir, tanto física como psíquicamente, tantos bosques arrasados, animales extinguidos, guerras sin sentido… hacían que envejeciera a una rapidez inaudita, los siglos pasaron en segundos por su vida.


Nadie se percató de la rapidez de aquel proceso, hasta que un día alguien entró en su tipi y encontró su amuleto enredado entre un montón de paja.


El hechicero comprendió el hecho y ordenó que los restos del jefe no serían quemados,  como era la costumbre, sino que lo aventarían para que su alma volara por el cielo.


Y así lo hicieron y cada brizna se esparció por el aire, volaron sobre su tribu y por las tribus cercanas, y a todos los que les cayó una de aquellas hebras les cambio la vida.


Y aún siguen volando, pero no todas caen donde tendrían que caer.

HAY UN MAR

Hay un mar donde no existe el horizonte, solamente existe el mar. La mar. Más allá de esa mar no encuentra el marinero sino más mar. Navega en la cresta de sus olas. Y descansa en su calma. El oleaje marino es el pensamiento enmarañado de una mujer que descansa tras el temporal. y hay otra mujer que mira. Busca un horizonte inexistente. Y siente. No se encuentra en ese infinito donde pierde su mirada, el País de los Deseos. Casi imperceptible, distingue un punto verde a la deriva. Quizás traslade en su interior un mensaje. Del País de los Encuentros.

CON OTROS OJOS


Cuando aquella tarde, sentada ante aquel ondulante torrente  de hierba, la potente Dimetil-5-metoxitriptamina hizo su efecto Silvia se sintió arrebatada por una terrible fuerza succionadora. Justo en aquel momento era picada por un mosquito tigre que, viajando en el viento del delta, había venido a posarse justo en el centro su frente con depredadoras intenciones. De repente su consciencia ordinaria se precipitó en un huracán de indescriptibles sensaciones encontradas. El desmembramiento fue total. Luego vino el vacío. Más tarde aquel latir bombeante, ríos de agua y sangre fluyendo al compás de un gran corazón. Por un eterno instante, unidos por aquella sangre, cazador y presa eran una misma cosa. Después el pequeño vampiro levantó el vuelo colmado de aquel néctar. Y por un instante Silvia sintió que su alma se separaba de su cuerpo y entraba en el del insecto y, viéndose a través los ojos de aquel mosquito tigre, se supo bosque, pradera y mundo. El mosquito, aturdido tras el flash de la picada, reposaba ahora unos centímetros más arriba de aquella frente en un mar de cabellos color castaño claro.

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AQUEL LIBRO ERA TAN LÚBRICO

Aquel libro era tan lúbrico, tan carnoso página tras página, rico en matices pero rayano en lo soez en la frase apropiada, que, acalorada, me fui quitando prendas, apoyando el volumen sobre mi vientre ahora desnudo, acunándolo entre mis piernas con mi respiración agitada. Jubilados y ocasionales bañistas que compartían a mi lado aquella playa de octubre me han ido dejando sola, azorados por mis suspiros (que yo creía discretos). Ya va absorbiendo el libro mi humedad, con tanta avidez como yo absorbo sus afiladas palabras. Espero que la marea suba pronto y sofoque este calor.

juan alfonso légolas

DESPEDIDA

Todo el verano aquí juntos en la playa; hemos compartido olas de mar y olas de calor. Chubascos y aglomeraciones, gritos, susurros, bocinas y el arrullo de las mareas. Tú me diste la vida y no puedo más que estarte agradecido. Infinitamente agradecido.

Pero ahora, cuando soy más consciente, más feliz, el verano se acaba. Llegas a las últimas páginas del libro donde vivo cuando no vivo y no se me ocurre cómo podemos separarnos, ni cómo decirte adiós. Quisiera pensar que será un hasta pronto, que tal vez otro día retomarás la lectura y volveremos a estar juntos. Pero quiero que sepas que aunque lo que ahora terminas de leer acabe en una papelera, nada podrá arrebatarme estos recuerdos, estos días de luz y calor que se apagan ahora, cuando cierras la novela y levantas la vista. Paseas tus ojos por el horizonte, me dedicas tu último pensamiento y empiezas a recoger. La brisa me arrastra y ya no podré darte ese beso que merezco, que merecemos, como premio por nuestro amor imposible.

Manolo Shamán

CUENTO DE LIBRO, CON TRES FINALES TRISTES

Se suspendió la reunión.

A primera hora se encontró, de repente, con media mañana libre. Así que sin pensarlo se acercó a la playa, se sentó en la orilla en una silla olvidada; nerviosa, sacó un libro del bolso. Un libro que empezó a leer la noche anterior y ya en sus primeras páginas quedó prendada del protagonista, por su sutileza aplicada a todos los ámbitos de la vida, por su seguridad, su sarcasmo continuo, y ya puestas, por su barba de tres días.

Al minuto con los pies desnudos en el agua vayviniente de la mar, estaba inmersa en la novela. Se olvidó por completo del paso de la media mañana y del medio día y de casi la tarde entera, hasta llegar al final, a la última palabra de la última de sus páginas.

Apenas bebió agua durante la lectura. Había estado sumergida a pleno pulmón abandonándose a la seducción del romántico protagonista.

Tan frenética fue la lectura que a ella le iba sobrando la ropa conforme pasaban las páginas y las horas.

Tan intensos fueron el deseo y la imaginación que Edgard, se materializó por primera vez en la historia de la literatura y, prendido de amor hacia su lectora, como la bella durmiente a su príncipe, anduvo merodeándola para captar su mirada.

Horas. Todo el medio día y la tarde, hasta que el sol se puso, el desdoblado protagonista caminó sin rumbo alrededor de aquella silla.

Absorta, emocionada y entregada a la historia, era incapaz de levantar la mirada siquiera cuando pasaba página.
Rendido, descorazonado y romántico decidió caminar mar adentro a pesar de desconocer cómo mantenerse a flote.

Ella, también lloró al conocer el desenlace escrito en el libro.

Sola, se vistió y marchó a casa.
Solo, el cuerpo del imaginario romántico materializado, flotaba sin vida ni tinta en el vaivén azul.

El libro al fin, fatigado por tanta intensidad, se sabía también muerto, por lo menos hasta que esos u otros ojos lo leyeran de nuevo.

LA LIBROS

La Libros, así la llamaban el resto de compañeras del Cabañal, el barrio más popular junto a la playa. Aunque los clientes habituales la conocían por Puri, sesenta euros el completo.

Puri, mataba las noches con algún relato corto de poca enjundia de pie bajo la luz de su farola. Así la espera se le hacía más corta, así su cuerpo casi desnudo que vendía en la calle encontraba el calor de las palabras y así, cada vez que miraba el techo de la pensión con un hombre sobre ella, imaginaba las páginas que le quedaban por leer, los personajes, y soñaba el desenlace final. Luego se lavaba y volvía a su lectura.

La Libros, vivía las tardes con novelas y relatos, guías de viajes, ensayos y biografías. Leía bajo la luz del sol que calentaba su cuerpo, vestida de sal y arena, sentada en una silla de playa, sin apartar la vista de las palabras que la hacían soñar y olvidar el techo de la pensión.

LA OFRENDA

Abrió los ojos de nuevo deseando que todo fuese un espejismo. Que su imaginación le hubiese jugado una mala pasada. Llevaba horas sentada en la hamaca, respirando el aire salobre que traía consigo la humedad y el característico olor del mar.

A pesar del  frío, había decidido pasar un día en la playa. Maldita la hora. ¿Quién fue tan iluso para pensar que en otoño todo sería diferente a la época estival, en la que la arena apenas se veía entre las toallas, bolsos y cuerpos embadurnados de aceites y cremas solares?

Cierto que ahora no había nada de esto, pero la huella de su paso permanecía por todas partes.
Basura.

El ser humano seguía haciendo su particular ofrenda de mierda a la madre naturaleza. Y nadie, movía un dedo para impedirlo.

VER AMANECER AL MENOS UNA VEZ AL AÑO

Había llegado cuando todavía era de noche, con la intención de ver salir el sol por el mar, siguiendo uno de esos consejos que le llegaban en las cadenas de internet. Hacía frío. Ya lo sabía, y por eso había ido preparada. También, por si le entraban ganas de quedarse, se había llevado un libro. Era una novela policíaca en la que diversos asesinatos se sucedían cuando una joven trabajadora social ayudada por un policía, investigaba una red de transporte ilegal de personas. Estaba tan metida en la lectura que fue incapaz de leer el drama que se había desarrollado allí aquella noche, y eso que estaba escrito en la arena con letras claras y firmes: las pisadas desorientadas de aquel ejército de desharrapados que habían arribado a la playa por la noche y que ahora estarían muertos de miedo y de frío, escondidos en cualquier rincón de la isla.

15 DE AGOSTO

Era 15 de agosto y estaba decidida a acabar con aquel problema. Se vistió como si fuera un día de invierno. Al salir de casa de cubrió la cabeza con la capucha del plumífero y se puso las gafas de sol.
Al llegar a la playa más concurrida de la ciudad, abrió su silla plegable, se sentó de lado, sin mirar al mar, abrió un libro y respiró hondo.


Hubo miradas de sorpresa, risas contenidas y carcajadas, cuchicheos en voz baja y en voz alta. Ella se mantuvo impasible.


El tiempo corría lento, pero corría.


Por la tarde ya nadie la miraba, ni siquiera cuando pasaron junto a ella después de recoger los enseres de playa, que no las basuras.


De repente vio que estaba sola, se quitó la ropa, comenzó a leer la primera línea de la página que no había pasado en toda la mañana y se sintió feliz porque había superado su Antropofobia, ese miedo horrible a las personas que le había acompañado toda su vida.


Al anochecer se marchó de allí, otro día intentaría superar su Talasofobia, pero eso lo dejaría para otro día.

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foto de Patricia Mcgill

Dos más siete

Hugo guardó el caramelo que le regaló Susana en el bolsillo de su pantalón verde.
Después de siete horas de juegos del caramelo brotó un corazón de papel.
Lo guardó bajo su almohada y tras siete días de risas y secretos, 
del corazón brotó una flor.
Creció y creció, y después de siete semanas de aventuras y verano, 
en árbol se convirtió.
Se hizo alto y robusto durante siete meses de amistad.
Tras siete años dando verdor, refugio y sombra del árbol brotó una casa.
En ella viven Hugo y Susana.
 
Y dicen que todo aquel en ella entra, siente que en su pecho brota la esperanza.

Pedrito, Pedro, Don Pedro.

Cuando todos jugábamos en la plaza del pueblo, Pedrito siempre tenía que ganar, no sabíamos cómo lo conseguía, pero con su pelo pegado a la cara y sus pantalones cortos, lograba siempre quedar por encima de todos. Y cuando parábamos el juego un momento, se acercaba a los más canijos y nos daba capones con su barbilla, mientras nos miraba con esa sonrisa inquietante. Algunos creíamos que cualquier día, lograría hacernos un agujero en la cabeza y nuestro cerebro se esparciría como la lava, por las calles de pueblo.

En el momento que supo que ya no crecería más, Pedro se fue un día a la capital, y volvió más alto. Había encargado unos zapatos con alzas, de esa manera podía seguir mirando a todo el pueblo por encima del hombro. Afortunadamente ya no nos daba capones con la barbilla, pero aún así, nadie se atrevió nunca a decirle nada de sus zapatos.

Don Pedro se paseaba por el pueblo como un pavo real, cada vez con la barbilla más alta, apuntando al cielo. Se enfureció cuando, por ordenanza municipal, le impidieron construir su casa más alta que las demás. Después de construida su casa, todos pensamos que por fin habíamos ganado la batalla.

La ilusión acabó una mañana de domingo. Todo el pueblo se dirigía hacia la iglesia, y alguien escuchó una voz que venía desde el cielo. Poco a poco nos agolpamos todos allí, frente a la casa de Don Pedro, nadie decía nada, todos mirando al cielo, pero sin verlo, porque en mitad del recorrido nos encontramos a Don Pedro, subido sobre una rama que salía por las paredes de su casa, más gordo que nunca, con la barbilla que se le salía de la cabeza. Cuando tuvo a todo el pueblo bajo su mirada, gritó “Ahora veo lo insignificantes que sois todos”, y soltó una gran carcajada, que se ahogó por otro sonido mucho más seco. La rama cedió. En un momento la dirección de nuestras miradas cambió de lo más alto a lo más bajo.

Desde entonces, todos los domingos el pueblo entero se reúne para mirar con la cabeza bien alta a Don Pedro, Pedro, Pedrito.

UNA HIGUERA JOVEN


En la cima de mi casa hay una higuera.
Para coger los higos subimos al tejado,
nos los comemos allí también.
Saben a cal y a altura.
No los lavamos ni nada porque ya los limpia el cielo,
que está bastante cerca  porque vivimos en un séptimo.
El ascensor debería subir hasta la higuera,
pero solo sube hasta el sexto,
luego hay que subir un piso andando,
después sales al balcón,
trepas al tejado y llegas al jardín.
Aunque solo hay una higuera, es un jardín.
Nadie lo riega, bueno sí, el cielo, que está cerca.
Es una higuera joven,
Y así me siento yo desde que da higos
Los vecinos de enfrente nos miran raro
“Una vieja y un viejo que trepan al tejado,
después se sientan arriba y se quedan al sol ,comiendo higos
A veces se besan y cantan coplas…”
Los vecinos suelen ser así, de hablar…
Pero yo me quito unos años cuando subo al tejado,
Si miro abajo, el barrio hormiguea
Si miro arriba, el cielo se me acerca.
Eso me canta él, mi viejo querido:
¡Se nos acerca el cielo, cielo!.
Y yo le miro dulce y me como un higo más aun,
que sabe a cal y a vértigo.

MADUREZ

Cansada de ser mecida por los vientos, se dejó caer en cuanto pudo. Lo hizo sobre un balcón en una tarde de tormenta, cayó rodando hasta un huequito y pensó que después de tanto viaje ya era hora de echar raíces.

CASA

La puerta se cierra tras de ti. En el recibidor una alfombra de musgo amortigua tus pasos y un árbol de ramas peladas tiende una para que cuelgues el abrigo. No lo vas a necesitar. Frente a ti ves una puerta. Oyes aleteos, cuerpos que se frotan contra los cimientos, tienes la sensación de que al otro lado reptan, vuelan, trepan, miran, criaturas que no deberían estar allí. Aun así aceptas la invitación muda de la rama. Has sentido ya el calor pegajoso y sofocante. Mientras te quitas el abrigo, otra sensación extraña te llega. La casa es fértil, piensas. Como si pudieras percibir el rumor de un crecimiento constante, incansable.

La puerta que hay frente a ti se entreabre. Se cierra la que, a tu espalda, te ofrecía una salida. Das unos pasos. Todo está quieto. Hay un silencio nuevo. Tan perturbador como los extraños sonidos de antes. Es un silencio expectante. Y sientes que la casa se cierne sobre ti, y se tensa como un animal para mirarte. Impulsada por algo que no es sino la curiosidad que obligó a Eva a morder el fruto, traspasas el umbral de la puerta entreabierta.

Todo lo presentido se vuelve cierto. Ves árboles inmensos como catedrales. Respiras humedad. Vago, se escucha a lo lejos el terco canto de una corriente de agua. Oyes el zumbido de los mosquitos y ves aparecer ante tus ojos una mariposa grande como una mano, que caligrafía entre las plantas un mensaje incomprensible. Estás en la selva. Te envuelve una maraña vegetal. Ahora sabes por qué un árbol rompía la fachada y salía a la calle. Lo que no sabes aun es por qué lo sentiste implorando y a qué silencioso ruego atendiste. Había algo de brazo o mano extendida que despertó tu interés. Diste unas vueltas por la calle y alrededor de la casa. Llamaste a la puerta. La puerta se abrió. Eso fue todo. Y por eso estás ahora ahí, siguiendo el vuelo de una mariposa mientras la selva te rodea, casi se podría decir que te traga.

Ya no ves ni muros, ni puertas, ni ventanas. La casa es el mundo. Estás en un laberinto vegetal y te llamas Ariadna. No tienes ovillo. No hay a tu lado ningún Teseo. Hay una mariposa, igual que hubo un árbol. Llamaron. Respondiste. Piensas que quizá no haya Minotauro que temer, y te internas para siempre en el misterio.

ENSEÑA

…y aquí pueden ver ustedes el balcón del Ayuntamiento. Como podrán comprobar, la bandera no ondea como constitucionalmente está mandado, pero desde que el asta arraigó y empezó a dar hojas, el alcalde decidió arriarla y cambiar el símbolo que nos representaba. No es mal trueque, verde vivo por un trapo de colores, ¿eh? Es lo que tiene esta tierra, que es lluviosa pero muy fértil. Pasen por ese todoterreno y les irán repartiendo cantimploras y machetes, que vamos a ir a visitar el Jardín Municipal.
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Manolo Shamán

VIDA TREMENDA

¡Qué ímpetu! Un capazo de cemento, unos ladrillos tirados, yeso, una pala, un albañil despistado pensando en su novia, apurando la fruta de su almuerzo, un güito lanzado al aire, certera parábola.

Han pasado los años, ahora esa semilla es un árbol impensable. No puedo resistirme. Ya tengo más ladrillos debajo, esperando que caiga sobre ellos la fruta madura. Preñaré de árboles todas las alturas.

LA SELVA

Tarzán ha salido de su depresión. Envejeció junto a Jane en aquel barrio de la periferia. Ella ha perdido su cintura y ha criado bellas arruguitas en torno a los ojos. Él perdió un poco de pelo. Pero ya no suspira y resopla por los rincones. Tiene un proyecto de selva bajo el balcón. Saldrán volando de aquel apartamento, semidesnudos y a grito pelado, en cuanto crezca un poco más.

SOLO ERA UNA BROMA

Carla hizo guacamole. Se había traído consigo unas frutas que nunca habíamos visto, las peló, les sacó una pepita enorme, machacó la pulpa, una especie de manteca verdosa y mientras lo preparaba nos contó que en México se tomaba muy picante, pero que para nosotros lo iba a hacer suavecito. Le pedimos que nos regalara las semillas, y ella nos las entregó. Una para María y la otra para mí.


Dos días después volvíamos a casa. Papá en el coche esperando a que subiéramos.


- ¡ Venga, pesados, que no quiero pillar caravana!


Entonces María empezó a llorar. No encontraba su semilla.


Estuvo lloriqueando todo el camino, hasta que mi padre se cansó y la amenazó con parar y pegarle unos azotes.


-Para que llores por algo.


Yo miraba por la ventana sonriendo. Mi semilla en la mano. Suave y cálida.


La de María la había escondido tan bien que jamás nadie iba a encontrarla.

DULCE ARRECIFE


Eso es imposible -decía el chopo desde el borde del río- ¿cómo van a hacer un muro de montaña a montaña?

A mí me cuesta creerlo tarmbién -apoyaba el joven abedul.

En mi vida había oído cosa igual -seguía uno de los más antiguos, un olivo plantado por un romano- pero claro, he visto tantas cosas que hace tiempo que no digo “eso es imposible”.

¿Entonces, si no es verdad por qué llora el ficus? -interrumpió el baladre. El ficus era inmenso. Tenía casi once metros de altura y encima estaba plantado en la plaza de la iglesia. En lo alto del pueblo.

Le da pena ver el pueblo vacío -contestaron los rosales.

A nosotros también -dijo un sauce y rompió a llorar.

Y mientras la conversación seguía tratando de encontrar una razón por la que los habitantes se hubieran marchado hacía ya dos semanas llevándose casi todo, una chuflera joven, medio loca, se encaramó a un balcón y oteó el horizonte.

Es verdad -gritó desde lo alto-. Lo veo, es verdad. Está allí.

Allá, no muy lejos estaba; Un muro inmenso unía la ladera de una montaña con la ladera de la otra, tanto que tapaba el ocultar del sol.

O sea que sí, era verdad: iban a inundar el pueblo.

El silencio ya lo hizo desde ese instante, horas antes de que llegara el agua. Y, por la noche, mientras el río desbordaba ya sus orillas, se oían sollozos vegetales por todas las calles.

Todos lloraban mientras florecían por última vez para despedirse.

Todos menos el laurel, que andaba intentando desprenderse de sus hojas para convertirse en coral.

ESPERA

Mi abuelo no regresó. Ella lo sabía y aún así, salía cada tarde a esperarle donde le había esperado siempre en su vida de casados. Casi toda la vida, en el mismo rinconcito del balcón. De esto hace ya siete años. Hoy mi abuela murió, pero ahí, en su rinconcito, queda el fruto de tanta constancia y tanta tristeza.

ASFALTO

La calle del lavadero era una de las más antiguas del pueblo. Hay gente que dice que el pueblo empezó por ahí. Aún así siempre había estado sin asfaltar.

La antigua corporación no la había asfaltado. A pesar de que el grupo de la oposición opinaba que aquello era producto de la desidia y el abandono, ellos opinaban como la mayoría. Consideraban que era un producto de la nostalgia y con el apoyo del vecindario de la calle, determinaron mantenerla de tierra. Eso sí, plantaron dos largas hileras paralelas de Schefflera actinophylla, las chelferas de toda la vida. Una por cada casa.

Una de las primeras decisiones del nuevo equipo de gobierno local fue asfaltar la dichosa calle. Para ello, sin contemplaciones, optaron por talar los árboles. No era necesario. Realmente, su transplante era sencillo dada su juventud, pero plantarlos había sido idea de los otros.

En una tarde los talaron casi todos. A la mañana siguiente, uno de ellos, aterrorizado, amaneció agarrado a la cornisa más alta y cercana que quedaba a su alcance.

CUESTIÓN DE PRIORIDADES

Era una cuestión de prioridades, ahí estaba el quid. O quizá más que de prioridades fuese de quien había llegado primero, el árbol o la casa, la semilla o el ladrillo. Él, con su espiritu práctico, tomó partido por el cemento y se había empleado a fondo en la tarea de eliminar aquella remora estúpida que no dejaba avanzar las obras, cortándolo al ras, y cuando volvió a aparecer, sacando hasta las raíces. Ella, con su espíritu soñador, había tomado partido por aquel ser vivo, y, a escondidas hacía pequeños orificios o golpeaba el suelo hasta hacer mínimas grietas, en el lugar en que sabía que latía la vida, después las remojaba con agua de lluvia. El árbol, tenaz, aprisionado bajo el cemento, respondía a aquel amor escapando, brotando por aquellas rendijas, con una alegría y un verdor milagrosos. Aquello no podía seguir así, y hubo que pactar, llegar a acuerdos. Todos salieron ganando, y la que más, la casa, que enamorada, sentía el cosquilleo de aquel torrente de vida atravesando sus muros.

Era previsible

Era previsible que creciera un árbol en el balcón. Cuántas veces le dijimos a la abuela Teresa que no tirase las migas de pan del mantel en el balcón y cuántas veces hizo oídos sordos y dejó caer no solo migas sino también pequeños restos de fruta que sobraban del postre. Fuimos testigos de cómo por las noches, cuando creía que todos dormíamos, sacudía el mantel en el balcón para alimentar a las hormigas. Decía que a las trabajadoras había que sobrealimentarlas, que demasiado esfuerzo era llevar a sus espaldas una carga más grande que ellas mismas. Pero lo que consiguió fue abonar el cemento.

Cuántas veces le dijimos “no tires las migas al balcón, abuela, que va a crecer un árbol”. Yo creo que pensaba que eso de que creciera un árbol en el cemento era una leyenda urbana. Pero lo cierto es que en un año creció un pino-balcunotus. Uno de esos pinos raros que crecen en los balcones. El alcalde, impresionado, declaró al pino-balcunotus de interés turístico. Y ya no pudimos cortar el maldito árbol. Lo peor no es que ya no podamos tender en el balcón, o que sus ramas hayan crecido tanto que tamizan la luz; lo peor es que ahora la abuela Teresa tira las migas al tejado y si sigue así nos crecerá una palmera-tejanotus.

Sin título

Yo no quería, se lo juro que no quería, me habría gustado ser discreto, pasar desapercibido, pero qué quieren, lo llevo en la savia, mi padre era funambulista y mi madre trabajó en una compañía de baile; de hecho, mamá acabó en manos del hacha por exhibicionista. La savia tira mucho y aquí me tienen. Qué lo vamos a hacer.

.

Sin título


Por fin veía La luz blanca de la que tanto le habían hablado.

También veía el largo pasillo.

Su vida revoloteaba en su cabeza.

Estaba cómoda, relajada, con la sensación de estar flotando.

Solo la interrumpió una voz. Le preguntó si quería carne o pescado.

La respuesta salió automática.

Era su primera decisión en su largo camino hacia el cielo.

Pasajera modelo


Siempre se comportó como una pasajera modelo. En el avión y fuera de él.
“Abrochen sus cinturones de seguridad.”
“Pongan su respaldo en posición vertical”
“No está permitido el uso…”
Pero entonces reparó que sobre el ala del aparato se veía claramente escrito: “Do not walk beyond this line”. Y todo su desasosiego nació precisamente ahí, en las ganas terribles de comprobar qué pasaría si caminara a veces más allá de algunas líneas.

DO NOT

Cuando la funambulista leyó claramente escrito sobre el ala de avión “Do not walk beyond this line” sintió la punzada de un mal presagio. En la función de noche hizo colocar la red de seguridad, a la mañana siguiente aprendió los nombres de los leones, sopesó la flexibilidad del látigo.

NUBES

Es verdad. Desde el cielo, el cielo no se ve. Cuánta nube. Para una vez que me toca ventanilla.

Vaya viaje más aburrido.

Y este de al lado, venga sudokus y meneo de cabeza en mp3. Pues es bien parecido. Bien parecido al perrito que se ponía en los coches: boin, boin, boin…

¿Cómo eran los ejercicios aquellos para evitar problemas circulatorios en viajes largos? No me acuerdo. Si no me lo tomara todo a cachondeo…

Qué cachondeo en el funeral. Vaya la que me organizaron los majaras estos, con pancartas y todo: “No nos abandones. Nosotros no lo haríamos”. Serán perracos. Todo el mundo mirando con unas caras... joder, de funeral. Pues haber hecho méritos para venir, so gandulos. Les echaré de menos. Sobre todo en los bares.

¿Y allí como serán los bares? A ver qué cerveza me ponen y cómo la tiran, que yo tengo mis costumbres y mis gustos. O lo mismo no hay ni cerveza, que esta gente puede ser muy rara.

Qué rara me siento saliendo así, con tanta precipitación. Fíjate, yo que planeaba mis viajes con meses de antelación, hacía mi checklist, llamaba a destino preguntándolo todo, llevaba al dedillo visados, vacunas, divisas. Y aquí te tienes, guapa, con lo puesto.
Y con una idea más bien endeble de lo que te espera a la llegada.

Los viajes cortos, esos son los peligrosos. Porque te confías. Mira yo, que me incorporé sin mirar y me pasó por encima el trailer. Y el coche casi acabado de estrenar. Hay que joderse. Siniestro Total está bien para nombre de grupo de música. Al coche lo que le hubiera cuadrado mejor era Desintegración Total. Bueno, total o no, yo no lo voy a terminar de pagar.

¡Anda, los cinturones ya! Se me ha hecho más corto de lo que pensaba. ¿Cómo se dirá aterrizar, pero entre nubes… nimborrizar, cirrorrizar o cúmulorrizar? Qué barbaridad, sí que me estoy poniendo nerviosa, ya no sé ni lo que pienso.

Qué ordenada es la gente saliendo. Se nota que estamos en el extranjero. Pero qué digo extranjero: en el estratosjero.

La luz. Hay que ir hacia la luz. Cómo me suena eso. Vamos allá, a ver qué se ve.

***

Manolo Shamán

Hoy

Los miraba desde que era niña.

Surcando el azul.

Dibujando el cielo.

Marcando caminos.

Le gustaba mirarlos cuando ayudaba a su padre en las tierras que cultivaba.

De pie, quieta, viajaba en cada estela.

Al atardecer le gustaba verlos pasar atravesando nubes de colores.

Y al caer del día, jugando a las escondidas entre las estrellas.

El aire tibio de las noches de verano le parecía el viento nuevo de cada viaje.

Sentada, junto a la puerta de su casa, sin moverse de su pueblo, viajaba.

Desde niña.

Hoy, por primera vez, es ella quien sueña por encima de las nubes.

ATERRIZAJE

Mira ensimismada por la ventanilla. Las nubes van abriendo paso a las montañas más altas. 

La joven no ve a la azafata que se acerca a anunciarle:”Nos estamos acercando a destino. Por favor, abróchese el cinturón de seguridad”. Su voz es demasiado aguda, va a romperse. La joven no se da cuenta, no la escucha. La azafata repite el mensaje. Su mano ahora aprieta con fuerza el respaldo del asiento del pasillo, que no ocupa nadie. Inclina el cuerpo a la joven.

Nada.

La azafata espera en pie, todo el cuerpo alerta. Mira a la joven un tiempo aún, luego alza la mano abierta y le da una colleja en la nuca. La joven siente el dolor, se vuelve en un salto:

¿Quiere abrocharse de una vez esa mierda de cinturón, señorita? ¡Vaya oficio! ¡Si es que no sé cómo no se queda en casa a leer novelas románticas si tanto le gustan las nubes...” se aleja el farfullo de la azafata. En ese momento rompe el aplauso. El aterrizaje se ha desarrollado con éxito y los ocupantes del avión felicitan al comandante pero la azafata por un momento piensa que el aplauso es para ella. Para en medio del pasillo y sonríe.

PERSECUCIÓN

Hacía ya rato que había subido al avión, todo parecía listo, pero el avión no despegaba. La tripulación empezó a ir de un lado a otro y los pasajeros comenzamos a impacientarnos. Me asomé por la ventanilla.

Un montón de operarios daban vueltas alrededor del avión, examinando el aparato por todas partes. Y entonces lo vi. Me había vuelto a encontrar. Cada vez que pensaba que me había librado, volvía a aparecer. Siempre tras de mí. Ahora estaba allí, una vez más.
Sonreí al ver la cara de desesperación de los operarios, que no conseguían averiguar porqué aquel avión no se movía. Sólo yo sabía que no conseguirían hacer nada. Mientras yo estuviese subida en el avión, mi sueño no se marcharía.

Decidí volar con él.

WONDER WOMAN

Nube con forma de gaviota. Nube con forma de gato amenazante. Nube con forma… de nube. Solo de nube. No me abandona esta sensación, este miedo. No pasa nada. Tranquila Diana Marcela, no pasa nada… ¿Cómo que nada? ¡¡Claro que pasa!!! ¿Y si no le gusto? ¿Y si no me gusta?

Siempre me puedo esconder y fingir que no he llegado, que no subí a este avión. Desde aquí todo parece posible. El colchón de nubes parece una tierra de Nunca Jamás…en la que el tiempo no pasa ni lo malogra todo, en la que los computadores que hemos usado para comunicarnos son palomas mensajeras que confunden las rutas y los cielos de todos los países y por eso nos conocemos los desconocidos. Como si nos tropezáramos en la calle o nos encontráramos en una pista de baile. Las palomas mensajeras vuelan despacito y al llegar casi permanecen suspendidas en el aire. Entonces hay que adivinar lo que dicen sus mensajes cuando aletean delante de los destinatarios:

Me llamo…Wonder Woman (aleteo fuerte) estoy sola (aleteo melancólico)

Hola Wonder woman (aleteo fuerte, vuelo en círculos) yo soy El Coyote (paradita en el suelo).

Y entonces los desconocidos, a ese compás, bailamos, alzamos los brazos, movemos las piernas, como los bailes de cortejo de algunas aves.

Pero no es verdad. La verdad fue el aviso, la llamadita de Internet, el chat de los solitarios. La búsqueda de mi mejor foto: buena pero no provocativa, no vayan a pensar que voy pidiendo sexo rápido. Y después de Gato69, Oso Mimoso y Caramelo72, todos detrás del polvo en la primera cita.

Hasta que un día… ¡Coyote! Tan delicado, tan divertido, y…tan lejano. Y estoy aquí, atravesando el mar, camino de esa ciudad y ese país que no conozco sino a través de los ojos de Coyote. ¿Qué habrá detrás de esas gafas de profesor? ¿Cómo moverá las manos? ¿Cómo caminará? ¿Debo besarlo cuando nos veamos?

Lo que no entiendo es por qué me pidió que trajera este paquete de dulces navideños cuando no es navidad, es un poco antojado sí, eso me gusta. Impredecible. Espontáneo. “No lo sueltes, me decía, y mejor que no te lo vean en la entrada porque te lo acabarán quitando, no ves que esta gente es tan abusiva…” Y bueno, yo he cumplido. No lo he soltado, me costó esconderlo pero lo conseguí. Es sorprendente que justo haya tenido un amigo en Bogotá cuando yo me salgo de allá. Antes nunca me había hablado de él. No importa. Eso es lo de menos.

Lo importante es todo lo demás. Por fin me sentiré completa, un hombre que me ama sin haberme tocado jamás. Que recién me va a tocar para estar juntos para siempre. Quince años en el night club aguantando a todos esos babosos y por fin estaré tranquila. Por fin.

MIEDOS

Desde pequeñita era un saco de miedos. Siempre dormía con la luz encendida por miedo a la oscuridad, con los años no fue capaz de dormir si no había luz en la habitación. Le daban miedo las agujas, por eso miraba para otro lado cuando le sacaban sangre y siempre se desmayaba. Se compró un caniche para vencer su miedo a los perros, pero solo consiguió vencer el miedo a los caniches, el resto eran perros asesinos a sus ojos. Y ahora como terapia de choque su psicoanalista la obligaba a viajar en avión, lo que le resultaba tremendamente costoso porque al precio de las sesiones de psicoanálisis y de los billetes de avión, tenía que sumar el gasto en alcohol. Antes de embarcar se pimplaba media botella de ron que había comprado el duty free, botella que terminaba encerrada en el diminuto aseo antes del despegue, y después llamaba a la azafata una y otra vez para que le sirviera alcohol. Así entraba en un estado de catalepsia frente a la ventanilla en el que tan solo podía pensar en el miedo que tenía a volverse una alcohólica.

VENTANA O PASILLO


¿Ventanilla o pasillo?, me preguntaron y como siempre les contesté:

Por supuesto que pasillo. Tengo un vértigo HO-RRO-RO-SO.

Me reconozco como un experto en viajar en avión en el asiento de pasillo y no tengo ningún reparo en reconocerlo. Pero aquel viaje fue diferente, me tocó al lado una chica joven que nada más sentarse se puso a mirar por la ventanilla y vivía con tanto entusiasmo lo que veían sus ojos queme entraron unas ganas locas de mirar por ella. Le pedí permiso y por primera vez en mi dilatada experiencia aérea miré por la ventanilla del avión... Lo que pasó a continuación no os lo puedo contar porque cuando desperté me encontraba en el mismo aeropuerto del que había partido.

¿Ventanilla o pasillo?, me preguntaron una vez más.

EPISODIO POLICIACO

  Lo la primera noticia me puso alerta, mi acostumbrada paranoia, actuó como siempre: la caída del avión estaba cubierta por una nube estrato cúmulo, llena de misterio; primero la desaparición luego el hallazgo, cuerpos misteriosamente muertos con lógica de tierra, no de destrucción aérea ¿con qué te chocas a tres mil pies de altura? ¿qué puede partirte como un muro, como una pared? De repente tanto ruido y luego el silencio, el olvido, esa maravilla del mundo anónimo donde lo que nos preocupa se oculta tras la avalancha de datos.

  Cuando llegó la segunda noticia en otro lugar del mundo completamente aleatorio, apareció el miedo, el temor de que la tecnología fuera tan frágil, tan susceptible a la derrota. Los muertos en buen número seguían siendo anónimos y en eso estaba la coincidencia, empezaban los periódicos a insinuar que la terrible posibilidad humana de hacerlo estaba descartada, ¿qué asusta? ¿de qué nos hablan, de qué no?. En la tercera noticia, el pánico me atrapó, y una frase se repitió en mi cabeza: eliminación aleatoria, la suficiente para generar un terror aquietante hasta bajar la frecuencia de los vuelos, hasta llegar a considerarlos tan riesgosos como el más arcaico de los barcos vikingos, el mundo empezando a alejarse, a hacerse ajeno. La presencia de una tecnología, superior, externa, que juega con los humanos, para invadirlos, para esclavizarlos, la historia perfecta , que tanto nos han contado… y luego el siguiente pantallazo, mi siguiente sospecha, es mi obligación, por oficio, sospechar de las respuestas muy lógicas, ¿y si fuera una trama, un montaje? ¿cómo evita el poder su tambaleo? dándonos temor, paralizándonos de miedo, haciéndonos sospechar. Y la terrible conclusión. Sí, nos doman, pero no el extraño sino el soberbio, el temeroso..

  Me subo en los vuelos, y ahora pido la ventana, me asomo, porque espero que en algún lugar de ese almohadón aparezca una señal, porque se que la tecnología acusada esta ya ahí pero nos la disfrazan, nos la visten de amenaza, pido telepáticamente un mensaje que me oriente, que me aliente para continuar en esta caso por mi cuenta, que aunque no me cubre los gastos, tira de mi de puerta en puerta, de frontera en frontera, confiada en que el amparo de los acusados me protege..Varios lo sabemos, he tejido algunas conversaciones en bares a medias lenguas, he sabido más cosas sobre quien trama el ardid; se que las noticias continuarán, se repetirán con la frecuencia requerida, sin embargo en cada vuelo, me pregunto, ¿será éste el elegido?, ¿seré parte de lo aleatorio?. Por si acaso, no dejo de mirar por la ventana, segura de que si develo el misterio no sería esta la peor muerte

20 años


Veinte años no es nada, decía la canción favorita de su abuelo, pero no era verdad. Veinte años era casi todo. Para empezar eran dos tercios de su vida y eran el instituto, la universidad, los primeros amores, el primer sexo, su trabajo de profesora en un liceo  de Buenos Aires, un matrimonio, un divorcio y un hijo. Sin contar, claro, la larga cosecha de la sin nombre. Y veinte años eran los que hacía que no había vuelto a la casa de los abuelos maternos, una alquería blanca, en medio de la huerta, con una palmera y un pozo, donde se criaban los mejores tomates que  había probado en su vida. Ahora vivían en ella sus primos y la habían invitado, maravillas del Facebook.

      Tenía la extraña sensación de estar huyendo, y cuando huimos necesitamos un refugio, un lugar al que escapar, real o imaginado, intentamos recuperar los recuerdos como si fuesen tesoros escondidos que una vez enterramos junto a un árbol o un pozo, y marcamos el lugar con una X en el mapa de nuestra mente, pero no se puede. Había hecho el viaje hasta Madrid sin pegar ojo, por la excitación, pero en el viaje hacia Valencia, no había podido evitar echar una cabezadita. Semidormida se veía en aquel verano de hacía veinte años, con su abuela al lado que había ido a recogerla a Madrid, y recordó aquel momento en que miraron por la ventanilla cuando el avión ya descendía y su abuela le dijo señalándole en medio de aquel patchwork de marrones y verdes:

      –Mira, es aquella de allá, la que tiene una palmera delante, ¿la ves?

      Cuando se asomó buscando su tesoro escondido, vio que un mar de adosados lo había inundado todo.

.

PREGONES

Un día “er Chapetón” se cansó de gritar lo de “¡llevooooooo la paaaaapa!¡hay lafanta, lacolacola, ertintitodeveraaaaaaano! ¡llevo la servesita, el agua fresquiiita!” dándole a la bocina mientras arrastraba el carrito con la nevera por la playa. Y es que eso es lo que llevaba. Pero, como recalcaba en su hiperbólico idioma viñero, “me vá entrá cangrena en la boca de desí siempre lo mismo”. Y empezó a cantar otros pregones.

Lo de “er Chapetón” venía de antiguo. Ya de chico, en el colegio, lo tenían fichado todos los profesores y, menos la de Lengua, todas las profesoras. Porque Salvi era una “mijita” hiperactivo, como se llaman ahora los barrabases y batillos. Pero tratándose de la señorita Gloria, aquel demonio se transformaba en un querubín, que se bebía el azul de los ojos de su “seño” y a la vez, y sin darse cuenta, se empapaba con los vericuetos de la lengua de Quevedo. Para siempre se le quedó confundido el amor infantil por Gloria con el amor por las palabras. Y aunque nunca hicieron carrera de él ni en el colegio ni en casa, acabó convertido en poeta secreto y lector voraz. Se atrevía con los poetas más oscuros como con los más populares y en la soledad de sus lecturas, encontraba significados tan íntimos, tan poderosos y únicos que jamás pudo compartirlos con nadie. En la caja del pecho los tuvo escondidos hasta que dio con quien abriera el arca.

No se llamaba Pandora, sino Gloria, naturalmente. Y tenía los ojos verdes del mar del verano. Se conocieron en la playa, donde “er Chapetón” repartía sonrisas y bebidas para ganarse la vida. A la puesta de sol, terminado ya el trabajo, ella vino a sentarse cerca de él y compartieron cerveza y conversación. Luego, sus cuerpos. Y por último, sus palabras, sus pensamientos y sus vidas. Ella fue tirando del hilo de sus poemas enredados en el corazón y le enseñó a oírse y a entenderse. Y entonces fue cuando Salvi se destapó.

Ahora sigue por la playa con su carro y sus bebidas, pero para evitar que la boca le sepa a corcho, saca sus palabras más relucientes, sus imágenes más vibrantes y las pregona como si en vez de vendedor de bebidas y papas fuera un profeta del verbo, un aedo milenario, un bardo de la orilla. Los bañistas ya saben lo que lleva, así que esperan al final de cada recitado para acercarse a comprar. A veces, hay aplausos y alguna que otra petición. Hasta hay quien deja diez euros por una cerveza y la vuelta “pal bote”. Sólo una vez volvió a su antiguo pregón. Una patera embarrancó en el rompiente a mediodía. Mientras la gente de la playa daba de beber y repartía tortillas y sandía entre los recién llegados, “er Chapetón” vio acercarse los jeeps de la Guardia Civil y la Cruz Roja y gritó “¡Agua, aguaaaaaaa!”

***

Manolo Shamán

SUFICIENTEMENTE LEJOS

Hola Manuel.
Te habrás dado cuenta de que no estoy en casa. Espero.
En el aeropuerto salté al primer avión que volaba lo suficientemente lejos.
Te habrás dado cuenta de que hay muchas cosas por el suelo. Supongo.

Estuve a punto de tirarme yo misma.
Por eso salí corriendo.
Corriendo ya sin frenos.

Al amanecer de esta larga noche he ido al mar.
Tendida, me agarraba a la arena con todo mi cuerpo.
Quería aferrarla, sentirla, retenerla,
pero de mis manos se escabullía, de mi piel se resbalaba.
Me he dado cuenta de que eso, exáctamente, es lo que me ha pasado contigo.

Una voz de hombre abrió un paraguas para mi lluvia de lágrimas.
-¿Está bien señora?
De sus ojos interminables mi mirada viajó hasta el carro que arrastraba con sus propias manos.
-Lo llevo desde hace diecisiete años. Es para que la gente arroje a él lo que ya no le sirve.
¿Usted tiene algo?

-¿Cualquier cosa?
-Claro señora. Lo que ya no le sirva.

No pude apartar mis ojos del pozo de los suyos.

Suspendida en el tiempo
me dí cuenta de que en su carrito podría dejar
el miedo.
Miedo a mirar. Y a ver.
Miedo al horizonte.
Miedo a no creer.
Miedo al espejo.
Miedo a sentir miedo.
Miedo al vértigo. A saltar. A no volver.
Miedo a olvidar. Y a recordar.
Miedo a mis manos. Al reloj.
Miedo a la niebla. A encontrarme.
Miedo.
Sólo miedo.
Implacable.
Inservible.
Cárcel.
Miedo.

-¿Le pesará mucho?
-No señora, pierda cuidado.

Ahora que lo veo alejarse en el horizonte de arena, una sonrisa se dibuja en mi cara
y
me he dado cuenta de que ahora
puedo decirte
Adiós

ELLA LE VE


Un hombre camina. Arrastra un carro como quien arrastra el mundo entero. Pisa arena. Las olas rompen contra la orilla con ruidosa monotonía. El hombre apenas siente la humedad en la piel ni el olor a yodo y sal. Todo es costumbre mansa.
Pero ella le ve. Cada día.
Todos los días recorriendo el mismo camino.
Todos los días idénticos.
Quizá sólo ella perciba los levísimos cambios: en la profundidad de la huella en la arena, en la alegría del golpe del pie en el suelo, en el volumen del ronroneo con el que el hombre aligera el camino. Los días se parecen tanto unos a otros. Sólo el hombre, ella lo sabe, cada vez es distinto: hoy, alegre o triste o pensativo, mañana quién sabe, y siempre, cada vez más viejo.
Ella le ve. Le gusta ser testigo de sus pasos. Conoce la talla de su pie, la medida exacta de su paso, el peso de su piel y sus huesos, le sabe hasta la ropa y el parche nuevo en la llanta.
Ella le ve.
Le ve cada día arrastrando el carro lleno de algas. Le ve pasar a su lado.
Ella le ve y le llama.
Le acaricia tímida los pies casi desnudos.
Le hace señas de azul y espuma.
Ella, la mar, se sabe simplemente enamorada.