ADS 468x60

EL MIEDO I

Toda la vida con miedo, el miedo. Miedo al coco y al hombre del saco, miedo a los desconocidos: “nunca aceptes un caramelo de un extraño”, “jamás subas a un coche con un desconocido”, miedo. Miedo a lo oscuro, el mamón de su hermano. Miedo a los exámenes, todavía recuerda los terribles retortijones, miedo a no ser suficientemente buena, a no estar suficientemente buena, miedo. Miedo al sexo, miedo a no ser lo bastante progre, lo bastante liberada, miedo. Miedo al primer trabajo, y al último; miedo a no “estar a la altura”, que altura ni que cojones. Miedo a quedarse para vestir santos, miedo a la mirada perdida de su marido, miedo. Miedo a que el niño salga mal, miedo a que le hagan daño, a que sufra. Miedo a la otra, a las otras. Miedo a quedarse sola, a seguir así toda la vida, miedo. Miedo a que nadie la quiera. Todo el miedo.

Había pasado tanto miedo en su vida, había estado tan rodeada de miedos, que pensó que ya nada podría afectarla, que por vivir en un piso barato en la calle del miedo no podria sucederle nada peor a lo que llevaba hasta ahora. Y acertó. Vivir en “el miedo” fue como un conjuro. Se liberó de todos los miedos, de toda la mierda que la rodeaba y ahora es una mujer feliz, confiada, que está de miedo.

EL MIEDO II

En realidad la calle habría de haberse llamado la calle del Medio, justo por eso, porque estaba en medio del pueblo; pero se les ocurrió encargarle que pusiera el rótulo al único albañil disléxico de toda la provincia, o al más cachondo, vaya usté a saber. El caso es que casi nadie se dio cuenta al principio, porque uno tiende a leer lo que cree que pone y no lo que en realidad pone. Para cuando alguien se dio cuenta y se corrió la voz, la gente no daba crédito, pensaban que les tomaban el pelo; y cuando lo comprobaban in situ, por si mismos, meneaban la cabeza y reían por debajo de la nariz. ¡cómo hemos podido ser tan burros!

Nadie sabe si fue por desidia o por sorna, pero el caso es que allí sigue, la calle del Miedo, justo en medio del pueblo. 

Calle del miedo


Entro en la calle del miedo por casualidad, atraído por el olor a cementerio, tenue, inexplicable de momento, que me pica en la nariz cuando miro los escaparates mal iluminados de juguetes antiguos (trenes de latón, muñecas de porcelana, peonzas, motos de cuerda...). Todavía estoy en la calle del suspense, paso de largo un garito cerrado con un enorme letrero encima que dice:
LA ROSA DE LOS VIENTOS,
Flamenco y estrictis to los día
Havierto asta el amaneze”

Pero son las doce del mediodía y seguramente abren cuando empiece a caer la tarde.

Justo a la izquierda, en la acera de enfrente, se abre la calle del miedo. Cuando la miro comprendo por qué ese olor: la calle está llena de macetas con claveles y rejas repletas de crisantemos que junto con la cal blanca de las paredes hacen una perfecta estampa de pueblecito andaluz.

Es una calle no muy larga que desemboca al fondo en una plaza. Cuando entro en ella, no puedo evitar fijarme en que todas las puertas están cerradas a cal y canto y La casa de Bernarda Alba hace que en la imaginación se sientan tras las paredes mujeres de luto riguroso con rencores de siglos guardados en las enaguas.

A la puerta cerrada de una de esas casas, en una silla de nea verde con las flores desgastadas por la interperie yace un muñeco de trapo sucio, muy sucio, con un descosido por el que se le salen a retales las tripas. Tal vez en alguna foto amarillenta una niña con largas trenzas negras y vestido blanco de punto inglés lo abrace recién estrenado.

El cable del teléfono atraviesa la estrecha calle y dos grajos me miran con interés, intrigados de ver movimiento en este cuadro de pintor costrumbrista. Yo no me atrevo a mirar más arriba, a ese cielo limpio, intensamente azul donde espero que los buitres no estén trazando círculos premonitorios.

Paso de largo un callejón estrecho y siniestro que se revuelve enseguida llamado Hijuela del quejío, decido a llegar cuanto antes a la plaza, aumentando el ritmo de mis pasos que resuenan en los adoquines, aunque parece que sólo los escucho yo.

La plaza es pequeña, recogida, con una tarima que espera un grupo para la verbena nocturna (Esta noche Zombies Punkies), pero a mi se me figura un patíbulo y veo hombres empalmados balanceándose en la horca y una enorme hacha oxidada en un tronco viejo y seco que no puedo evitar oír toser. Los cráneos regados por la plaza me sonríen dándome la bienvenida. Cubos de sangre se reparten en las esquinas del escenario para dar de comer a unas moscas verdes, gordas y consentidas. Leo los azulejos: Plazuela del terror.

Una mano se posa en mi hombro desde atrás. No puedo evitar la sensación de caída al abismo de lo inexplicable que se abre a mis pies.


  • Zeñó, está usté bien. Ziéntase en la zilla un momento que está usté mu blanco, ze le habrá bajao la tenzión. Le viá traé una copita de manzanilla.
El camarero viejo, delgado, que oculta el temblor de sus manos bajo la servilleta del brazo y agarrando la bandeja, desaparece arrastrando los pies por la puerta del bar y me deja sentado en la terraza. Yo vuelvo a mirar la plazuela, a oler a cementerio y me digo: tengo que dejar de ponerme unas gotas de ácido lisérgico en el café del desayuno.

.

ENERO

MADRE

Sigue a la mano de la madre el niño, como quien sigue una luz en una noche de primavera. Contento y seguro, incluso se atreve casi a soltarse de la barandilla. No pierde de vista los escalones que, en el entorno, le parecen más altos. Y también cruza su mirada con la de ella. Nervioso, sonríe, mientras sigue a la mano que baja y, sin parar, le espera. 

Subir y bajar

El caracol es un animal que sube las escaleras sin prisas
Las prisas nunca suben bien las escaleras
Las escaleras giran y giran para que las subamos despacio
Despacio, despacio, baja despacio- me decía Lucía
Lucía es la chica que me gusta
Me gusta porque me entiende
Me entiende hasta mis tristezas más complicadas
Son complicadas, pero se las explico lentamente
Luego, lentamente, ella se acerca a mi mano
Mi mano coge la suya y juntos
Juntos bajamos, o subimos, la escalera de caracol

Volver

- Ve por donde quieras, pero dame la mano -le dijo su mamá, extendiendo el brazo flaco y largo que a él tanto le gustaba.
El niño quería bajar las escaleras de dos en dos y por donde nadie había pisado. La mano izquierda se aferraba a la barandilla solamente una vez entre cada columna y la derecha guiaba el movimiento rotatorio de su mundo en aquel instante. "No puedo caer", pensó, mientras deseaba caer. No quería hacerlo de cualquier manera; no valía tropezar con el rodapié ni botar sobre el trasero. No le apetecía deslizarse hacia el mundo que caminaba torpe y feo allá abajo. Ansiaba caer en espiral: girar y girar hasta llegar a los topos blancos de la blusa conocida, fundirse en el rojo y abrazar aquel cuerpo hasta el infinito. Volver, por fin.

SACA LOS CUERNOS AL SOL

Cuando escuchó por millonésima vez aquel - “Caracol, col, col. Saca los cuernos al sol, que tu padre y tu madre también los sacó” – decidió rebelarse y desafiar al destino. Con toda la fuerza que fue capaz de reunir en su concha, estiró y estiró la espiral, y frente a la mirada atónita de su padre y de su madre, hizo crecer de ella una escalera.

NADA ES LO QUE PARECE

Ven…, ven…,ven…parecía susurrar aquel brazo como una ala, aquella mano como una mariposa. Se iban moviendo gráciles, hipnóticamente delante de los ojos del niño, que absorto por aquellos movimientos de cisne, de bailarina no se dio cuenta de que la escalera descendía más y más, a lo profundo de la tierra, al inframundo, a aquel lugar del que jamás se vuelve.

Escapada

Usté me vá perdoná, ¿verdá don San Pedro?

Yo iba por ahí, por esos étere, desencarnaíto, como toca, y de pronto me topé con la escalera. ¡Una escalera de caracó! Y me puse en el úrtimo escalón, usté sabe, ná má pa verla… ¿no?

A mí es que mubiera encantao tené estudios, sé iginiero o arquitesto y podé hasé escaleras de caracó y pasarelas de barco y puentes venecianos… yo que sé, lo que yo hubiera jesho. Pero lo que estudié me dio pa las cuatro reglas, y lo que aprendí, pa juntá las tablas que forman una puerta o una cómoda de caoba. Que no digo questé mal er jasé esas cosa, pero uno tenía sus sueños de grandesa. Ara ya questí muerto po…

Totá, que estaba allí viendo la escalera y cómo se desenrollaba a mis pié, cuando pasaron lo sagale. Uno se paró a mi lao, me miró y me dio la mano. Debió de pareserle que yo no matrevía a bajá solo, allí parao en tor medio. Y yo se la dí. Que calorsito sentí al apretá aquella manilla. Y que fuersa y que tiento tenía er shavá en esos sinco deos. Valía pa carpintero, por mi mare. Ante de que me diera cuenta estábamo abajo...

No, por Dio. Ná má que me vieron lo shico. Los grande se dieron cuenta por las maritatas que hasían los niño y por las cosa que desían. Por ahí y por las preguntas que les jisieron fue como atinaron en quién era yo. Que si era asín o asán, que si llevaba una medalla ar cuello y que me miraran la mano deresha, a vé si tenía tó los deo. Y claro, don San Pedro, le dijeron lo que usté está viendo, que me farta la punta del índice y der corasón, que se las llevó la máquina de corte. Que ná má tengo los soquetillos pa gastá la broma de rascarme el ojo por dentro de la narí, que a mi Juanillo lasía retorserse de risa. A mi Juan se le cambió er coló de la cara, con tó lo que se reía cormigo, porque en la foto que tienen ello, la mano no sale. Y lo de los deo del agüelo, no lo sabían lo shiquillo. La Mari se tuvo que sentá y la Fefa, que siempre ha tenío la presensia de ánimo de su mare, la banicaba con un cartón, que doló de hija…

Ya ya sé que no hastao bien y yo le juro…

Perdón. Y yo laseguro que no va vorvé a pasá, que fue que me distraje y quer niño me cogió desprevenío, con ese desparpajo que tiene er joíoporculo ¡uy, perdonusté!

No me dio tiempo de má. De desí adió asín, con la mano mocha y sonreí mientra me venía otra vé pacá, cuando lescuché a usté reñirme. Pero no se me ponga asín, hombre, que fue sin queré y que no va vorvé a pasá nunca má.

¿Verdá que me perdona, don San Pedro? ¡Que usté también habrá jesho agüelo!

Manolo Shamán